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La consulta a los grandes historiadores catalanes
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La consulta a los grandes historiadores catalanes
La consulta a los grandes historiadores catalanes
http://elprincipatdecatalunya.blogspot.com/2010/06/la-consulta-los-grandes-historiadores.html
La interpretación de la historia de Cataluña se vuelve a veces muy difícil y enojosa porque desde la segunda mitad del siglo XIX la historiografía romántica catalana se infecta de preocupaciones políticas y se dedica, en buena parte, a respaldar las pretensiones oportunistas del nacionalismo y aun del separatismo catalán, a veces con una capacidad de manipulación sencillamente insólita. Primero, ya en el siglo XX surgió la manía de considerar a Vifredo el Velloso poco menos que como fundador de la Cataluña independiente. Nada importaba a los promotores de tales ensueños el hecho cierto de que en el siglo de Vifredo faltaban siglos enteros para que apareciera el nombre de Cataluña; la manía persistió tenaz hasta despeñarse en el despropósito. En vista del fracaso, algún genio de la Historia negra que formaba parte de la corte cultural de ex presidente Pujol se inventó muy oportunamente nada menos que la conmemoración del Milenario de Cataluña para el año 1988; so pretexto de que en 988 el conde de Barcelona Borrell II había dejado sin respuesta una carta del rey de Francia Hugo Capeto en el que el rey pedía al conde que acudiese a su presencia, cosa que Borrell no hizo (ni tampoco el rey había acudido a la cita). En tan deleznable motivo fundaba el señor Pujol todo un Milenario de Cataluña, que en 988 no existía como unidad, ni se llamaba Cataluña.
Prefiero acudir, para la historia de Cataluña, a dos notabilísimos historiadores catalanes, además de don Ramón de Abadal. Uno es el profesor Marcelo Capdeferro, en su espléndido libro Otra historia de Cataluña, y sobre el cual la censura cultural de la Generalidad catalana tendió un silencio temeroso más negro aún que el del conde Borell. Otro es Jaime Vicens Vives, en su Aproximación a la Historia de España, en cuya autoridad indiscutible me apoyo para formular las siguientes consideraciones:
Jaime Vicens Vives esboza en varios puntos de su maravilloso libro el nacimiento de Cataluña, que no nació en 988 como realidad histórica ni siquiera como nombre; faltaban siglos para el nombre, y la entidad que se conocería como Cataluña tampoco brotó formalmente en un momento dado, sino como una confluencia –muy posterior- de carácter vital, sin una fecha concreta para el arranque. Vayamos a Vicens:
1. La reivindicación hispánica en el Cantábrico. “Astures y cántabros, que siempre habían sido los grupos más reacios a ingresar en la comunidad (romana) peninsular, se erigieron en continuadores de la tradición hispánica” (Vicens p.60). La resurrección de esta tradición hispánica es, por tanto, anterior al nacimiento de Cataluña; data del mismo siglo VIII en el que se produjo la invasión islámica de la Hispania romano-visigoda. Sánchez Albornoz ha demostrado que el rebrote de esa tradición hispánica es virtualmente simultáneo con la rebelión asturiana contra el invasor. Y es que conviene estudiar siempre la historia de Cataluña donde realmente se desarrolla desde principio a fin, en el contexto hispánico.
2. La situación europea e hispánica del embrión catalán. Pero la resistencia, la reacción y la recuperación hispánica surgieron también en los Pirineos orientales, sobre lo que sería solar catalán. Por impulso que fue también europeo. “Carlomagno incorporó a su imperio a los condados catalanes surgidos en el curso de sus campañas entre 785/801, los que fueron englobados en un cuerpo político mal definido, llamado Marca Hispánica”. (Vicens p.62).
3. Este cuerpo mal definido ¿era algo semejante a una nación? De ninguna manera; los núcleos hispánicos de resistencia eran “desde Galicia a Cataluña, simples islotes-testimonio ante la marea musulmana” (Vicens p.59).
4. La dependencia catalana de Francia –que no se dio en el reino de Asturias- se trasluce en la ausencia de un reino catalán; jamás existió un Rey de Cataluña. Incluso cuando se produjo la relativa y problemática desobediencia del conde Borrell II estamos dentro del periodo de dependencia señalado por Vicens:
“Pese al establecimiento de una dinastía condal propia por obra de Vifredo el Velloso (874-898), él mismo descendiente de Carcasona en el Languedoc, es evidente que durante dos centurias los condados catalanes latieron al ritmo de Francia” (Vicens p.62).
5. La Cataluña originaria (que no se llama todavía Cataluña) no era nación, sino políticamente un conjunto de divisiones administrativo-militares (condados no unificados), aunque también genéricamente un pueblo que iba alumbrando –en su dependencia de Europa y en su lucha contra el Islam- profundos rasgos originales de personalidad. Lo mismo que Castilla, que por cierto parece significar lo que Cataluña y nacía casi a la vez que su hermana pirenaica, europea y mediterránea: “Es en la época del obispo Oliba cuando cristaliza definitivamente la conciencia catalana de formar una personalidad aparte. Una generación más tarde, el conde barcelonés Ramón Berenguer I el Viejo (1035-1076) definía, en el famoso Código de los Usatges, el carácter jurídico y social peculiar del país” (Vicens p.67). Pero Capdeferro, que ha arrinconado con toda razón algunas persistencias sobre Vifredo el Velloso, a quien la leyenda catalanista quiso hacer el creador de Cataluña, se apoya en las investigaciones de Fernando Valls Tabemer para retrasar la conformación propiamente dicha de los Usatges hasta el siglo XV, cuando se tradujo al catalán la compilación hecha en el siglo XI bajo Ramón Berenguer I (Otra historia de Cataluña p.47)
6. En todo caso la famosa desobediencia del conde Borrell II en 988 no inició, como se pretendía conmemorar artificialmente en el presunto Milenario de 1988, un periodo soberano, ni menos nacional del que mucho después se llamaría no reino, sino principado de Cataluña.
Ya hemos visto cómo, según Vicens, continuó de iure la dependencia de Francia en el caso del principal de los condados catalanes; pero es que además existían otros, fuera de la órbita de Barcelona durante siglos. Y encrespadas las relaciones institucionales (no formalmente rotas) con el Rey de Francia, “no existía aún dentro de la propia Cataluña (que tampoco existía como tal) el poder superior que pudiese sustituir al Rey de Francia; precisaba buscarlo fuera”.
Este poder soberano superior era la Santa Sede, a la cual se enfeudaron los condes de Barcelona, por ejemplo Ramón Berenguer III el Grande (1090-1131).
Conviene insistir en la aparición simultanea de Castilla y Cataluña: “He aquí un momento trascendental en el porvenir peninsular. Aparece ahora realmente Castilla en la historia. El pueblo castellano –de sangre cántabra y vasca- se configura en una sociedad abierta, dinámica y arriesgada como lo es toda estructura social en una frontera que avanza” (Vicens p.68-69) Nace así, paralela a la personalidad de Cataluña, la personalidad de Castilla, con el mismo nombre, el mismo horizonte, con la misma lucha, con el mismo destino. (Nacen, matizaríamos, las realidades globales, no los nombres. Nace, plena y unitaria, Castilla. Nace, como espíritu, aunque todavía dividida, Cataluña. Pero la intuición de Vicens sobre el paralelismo de esas dos fuentes de España es, en lo esencial, admirable).
En el condado de Barcelona, Ramón Berenguer I reunió los estados hereditarios, pero el gran conde reconquistador en esta época fue Ramón Berenguer III el Grande, en el primer tercio del siglo XII. Incorporó los condados de Besalú y Cerdeña; repobló la tierra de Tarragona, donde consolidó la sede arzobispal; conquistaba, efímeramente, la isla de Mallorca.
A largo plazo, el matrimonio de la única hija del rey Ramiro II de Aragón, doña Petronila, con el conde Ramón Berenguer IV de Barcelona en el año 1137 sería un paso decisivo para la unidad de España. Acudamos nuevamente al magisterio catalán e hispánico de Jaime Vicens Vives.
Vivían los condados catalanes, aun después de la presunta (y falsa) independencia de uno de ellos, bajo una distante soberanía francesa (Vicens p.79) cuando van a integrarse en su primera realidad estatal propia, que no es un Estado catalán sino la gloriosa Corona de Aragón. La presión expansiva de Castilla, la remota soberanía francesa en competencia con la más efectiva del Papa y la discreta, pero resuelta actitud de la Santa Sede “echaron a los aragoneses en brazos de los catalanes y obligaron en cierta medida a la aceptación de esa fórmula de convivencia” (Vicens p.78-79).
“Fue, pues, la decisión catalana la que contribuyó al nacimiento (pleno) de la Corona de Aragón –por el matrimonio del conde Ramón Berenguer IV de Barcelona con la infanta Petronila, hija de Ramiro II de Aragón-. Acostumbrados los condes barceloneses a la coexistencia de varias soberanías en el país catalán (condados de Barcelona, Urgell, Rosellón, etc.) impulsaron un mutuo respeto a las características de los dos Estados (mejor, diríamos nosotros, el Estado y el condado) que se unían en aquella ocasión en un régimen de perfecta autonomía” (Vicens p.78-79). Cuando se afirma, pues, políticamente el gran condado de Barcelona, clave aunque todavía no totalidad de Cataluña, lo realiza hacia la unión en una entidad superior, no hacia la disgregación. Maravilloso el acorde final de Vicens Vives: “El nacimiento de una España viable, forjada con el tridente portugués, castellano y catalano-aragonés es el mérito incuestionable de Ramón Berenguer IV. Pluralismo que jamás excluyó la conciencia de una unidad de gestión en los asuntos hispánicos” (Vicens p.80).
Por su parte, Capdeferro recuerda que la unión de Ramón Berenguer IV y Petronila no fue la de Cataluña y Aragón, como suele repetirse; primero, porque no existía aún el nombre ni la realidad completa de Cataluña; segundo, porque dentro del territorio catalán convivían, junto al gran condado de Barcelona, otros varios independientes de él, como el Pallars Jussá, Rosellón, Pallars Subirá, Ampurias y Urgel.
Ramón Berenguer IV nunca utilizó el título de Rey; gobernó Aragón pero sin esa dignidad. Sus herederos se llaman reyes de Aragón y condes de Barcelona; el condado fue pasando a segundo y tercer término dentro de la titulación de la Corona aragonesa, como se lamentan algunos historiadores nacionalistas que también se mostrarán disconformes –siete siglos después- con la “debilidad” generosísima que Jaime I el Conquistador demostró hacia Castilla. Y es que los grandes reyes, en su tiempo, veían mucho más claro que algunos grandes –y sobre todo pequeños- historiadores que escriben en el nuestro.
Notas:
Texto sacado del libro “Historia Total de España” de Ricardo de la Cierva.
http://elprincipatdecatalunya.blogspot.com/2010/06/la-consulta-los-grandes-historiadores.html
La interpretación de la historia de Cataluña se vuelve a veces muy difícil y enojosa porque desde la segunda mitad del siglo XIX la historiografía romántica catalana se infecta de preocupaciones políticas y se dedica, en buena parte, a respaldar las pretensiones oportunistas del nacionalismo y aun del separatismo catalán, a veces con una capacidad de manipulación sencillamente insólita. Primero, ya en el siglo XX surgió la manía de considerar a Vifredo el Velloso poco menos que como fundador de la Cataluña independiente. Nada importaba a los promotores de tales ensueños el hecho cierto de que en el siglo de Vifredo faltaban siglos enteros para que apareciera el nombre de Cataluña; la manía persistió tenaz hasta despeñarse en el despropósito. En vista del fracaso, algún genio de la Historia negra que formaba parte de la corte cultural de ex presidente Pujol se inventó muy oportunamente nada menos que la conmemoración del Milenario de Cataluña para el año 1988; so pretexto de que en 988 el conde de Barcelona Borrell II había dejado sin respuesta una carta del rey de Francia Hugo Capeto en el que el rey pedía al conde que acudiese a su presencia, cosa que Borrell no hizo (ni tampoco el rey había acudido a la cita). En tan deleznable motivo fundaba el señor Pujol todo un Milenario de Cataluña, que en 988 no existía como unidad, ni se llamaba Cataluña.
Prefiero acudir, para la historia de Cataluña, a dos notabilísimos historiadores catalanes, además de don Ramón de Abadal. Uno es el profesor Marcelo Capdeferro, en su espléndido libro Otra historia de Cataluña, y sobre el cual la censura cultural de la Generalidad catalana tendió un silencio temeroso más negro aún que el del conde Borell. Otro es Jaime Vicens Vives, en su Aproximación a la Historia de España, en cuya autoridad indiscutible me apoyo para formular las siguientes consideraciones:
Jaime Vicens Vives esboza en varios puntos de su maravilloso libro el nacimiento de Cataluña, que no nació en 988 como realidad histórica ni siquiera como nombre; faltaban siglos para el nombre, y la entidad que se conocería como Cataluña tampoco brotó formalmente en un momento dado, sino como una confluencia –muy posterior- de carácter vital, sin una fecha concreta para el arranque. Vayamos a Vicens:
1. La reivindicación hispánica en el Cantábrico. “Astures y cántabros, que siempre habían sido los grupos más reacios a ingresar en la comunidad (romana) peninsular, se erigieron en continuadores de la tradición hispánica” (Vicens p.60). La resurrección de esta tradición hispánica es, por tanto, anterior al nacimiento de Cataluña; data del mismo siglo VIII en el que se produjo la invasión islámica de la Hispania romano-visigoda. Sánchez Albornoz ha demostrado que el rebrote de esa tradición hispánica es virtualmente simultáneo con la rebelión asturiana contra el invasor. Y es que conviene estudiar siempre la historia de Cataluña donde realmente se desarrolla desde principio a fin, en el contexto hispánico.
2. La situación europea e hispánica del embrión catalán. Pero la resistencia, la reacción y la recuperación hispánica surgieron también en los Pirineos orientales, sobre lo que sería solar catalán. Por impulso que fue también europeo. “Carlomagno incorporó a su imperio a los condados catalanes surgidos en el curso de sus campañas entre 785/801, los que fueron englobados en un cuerpo político mal definido, llamado Marca Hispánica”. (Vicens p.62).
3. Este cuerpo mal definido ¿era algo semejante a una nación? De ninguna manera; los núcleos hispánicos de resistencia eran “desde Galicia a Cataluña, simples islotes-testimonio ante la marea musulmana” (Vicens p.59).
4. La dependencia catalana de Francia –que no se dio en el reino de Asturias- se trasluce en la ausencia de un reino catalán; jamás existió un Rey de Cataluña. Incluso cuando se produjo la relativa y problemática desobediencia del conde Borrell II estamos dentro del periodo de dependencia señalado por Vicens:
“Pese al establecimiento de una dinastía condal propia por obra de Vifredo el Velloso (874-898), él mismo descendiente de Carcasona en el Languedoc, es evidente que durante dos centurias los condados catalanes latieron al ritmo de Francia” (Vicens p.62).
5. La Cataluña originaria (que no se llama todavía Cataluña) no era nación, sino políticamente un conjunto de divisiones administrativo-militares (condados no unificados), aunque también genéricamente un pueblo que iba alumbrando –en su dependencia de Europa y en su lucha contra el Islam- profundos rasgos originales de personalidad. Lo mismo que Castilla, que por cierto parece significar lo que Cataluña y nacía casi a la vez que su hermana pirenaica, europea y mediterránea: “Es en la época del obispo Oliba cuando cristaliza definitivamente la conciencia catalana de formar una personalidad aparte. Una generación más tarde, el conde barcelonés Ramón Berenguer I el Viejo (1035-1076) definía, en el famoso Código de los Usatges, el carácter jurídico y social peculiar del país” (Vicens p.67). Pero Capdeferro, que ha arrinconado con toda razón algunas persistencias sobre Vifredo el Velloso, a quien la leyenda catalanista quiso hacer el creador de Cataluña, se apoya en las investigaciones de Fernando Valls Tabemer para retrasar la conformación propiamente dicha de los Usatges hasta el siglo XV, cuando se tradujo al catalán la compilación hecha en el siglo XI bajo Ramón Berenguer I (Otra historia de Cataluña p.47)
6. En todo caso la famosa desobediencia del conde Borrell II en 988 no inició, como se pretendía conmemorar artificialmente en el presunto Milenario de 1988, un periodo soberano, ni menos nacional del que mucho después se llamaría no reino, sino principado de Cataluña.
Ya hemos visto cómo, según Vicens, continuó de iure la dependencia de Francia en el caso del principal de los condados catalanes; pero es que además existían otros, fuera de la órbita de Barcelona durante siglos. Y encrespadas las relaciones institucionales (no formalmente rotas) con el Rey de Francia, “no existía aún dentro de la propia Cataluña (que tampoco existía como tal) el poder superior que pudiese sustituir al Rey de Francia; precisaba buscarlo fuera”.
Este poder soberano superior era la Santa Sede, a la cual se enfeudaron los condes de Barcelona, por ejemplo Ramón Berenguer III el Grande (1090-1131).
Conviene insistir en la aparición simultanea de Castilla y Cataluña: “He aquí un momento trascendental en el porvenir peninsular. Aparece ahora realmente Castilla en la historia. El pueblo castellano –de sangre cántabra y vasca- se configura en una sociedad abierta, dinámica y arriesgada como lo es toda estructura social en una frontera que avanza” (Vicens p.68-69) Nace así, paralela a la personalidad de Cataluña, la personalidad de Castilla, con el mismo nombre, el mismo horizonte, con la misma lucha, con el mismo destino. (Nacen, matizaríamos, las realidades globales, no los nombres. Nace, plena y unitaria, Castilla. Nace, como espíritu, aunque todavía dividida, Cataluña. Pero la intuición de Vicens sobre el paralelismo de esas dos fuentes de España es, en lo esencial, admirable).
En el condado de Barcelona, Ramón Berenguer I reunió los estados hereditarios, pero el gran conde reconquistador en esta época fue Ramón Berenguer III el Grande, en el primer tercio del siglo XII. Incorporó los condados de Besalú y Cerdeña; repobló la tierra de Tarragona, donde consolidó la sede arzobispal; conquistaba, efímeramente, la isla de Mallorca.
A largo plazo, el matrimonio de la única hija del rey Ramiro II de Aragón, doña Petronila, con el conde Ramón Berenguer IV de Barcelona en el año 1137 sería un paso decisivo para la unidad de España. Acudamos nuevamente al magisterio catalán e hispánico de Jaime Vicens Vives.
Vivían los condados catalanes, aun después de la presunta (y falsa) independencia de uno de ellos, bajo una distante soberanía francesa (Vicens p.79) cuando van a integrarse en su primera realidad estatal propia, que no es un Estado catalán sino la gloriosa Corona de Aragón. La presión expansiva de Castilla, la remota soberanía francesa en competencia con la más efectiva del Papa y la discreta, pero resuelta actitud de la Santa Sede “echaron a los aragoneses en brazos de los catalanes y obligaron en cierta medida a la aceptación de esa fórmula de convivencia” (Vicens p.78-79).
“Fue, pues, la decisión catalana la que contribuyó al nacimiento (pleno) de la Corona de Aragón –por el matrimonio del conde Ramón Berenguer IV de Barcelona con la infanta Petronila, hija de Ramiro II de Aragón-. Acostumbrados los condes barceloneses a la coexistencia de varias soberanías en el país catalán (condados de Barcelona, Urgell, Rosellón, etc.) impulsaron un mutuo respeto a las características de los dos Estados (mejor, diríamos nosotros, el Estado y el condado) que se unían en aquella ocasión en un régimen de perfecta autonomía” (Vicens p.78-79). Cuando se afirma, pues, políticamente el gran condado de Barcelona, clave aunque todavía no totalidad de Cataluña, lo realiza hacia la unión en una entidad superior, no hacia la disgregación. Maravilloso el acorde final de Vicens Vives: “El nacimiento de una España viable, forjada con el tridente portugués, castellano y catalano-aragonés es el mérito incuestionable de Ramón Berenguer IV. Pluralismo que jamás excluyó la conciencia de una unidad de gestión en los asuntos hispánicos” (Vicens p.80).
Por su parte, Capdeferro recuerda que la unión de Ramón Berenguer IV y Petronila no fue la de Cataluña y Aragón, como suele repetirse; primero, porque no existía aún el nombre ni la realidad completa de Cataluña; segundo, porque dentro del territorio catalán convivían, junto al gran condado de Barcelona, otros varios independientes de él, como el Pallars Jussá, Rosellón, Pallars Subirá, Ampurias y Urgel.
Ramón Berenguer IV nunca utilizó el título de Rey; gobernó Aragón pero sin esa dignidad. Sus herederos se llaman reyes de Aragón y condes de Barcelona; el condado fue pasando a segundo y tercer término dentro de la titulación de la Corona aragonesa, como se lamentan algunos historiadores nacionalistas que también se mostrarán disconformes –siete siglos después- con la “debilidad” generosísima que Jaime I el Conquistador demostró hacia Castilla. Y es que los grandes reyes, en su tiempo, veían mucho más claro que algunos grandes –y sobre todo pequeños- historiadores que escriben en el nuestro.
Notas:
Texto sacado del libro “Historia Total de España” de Ricardo de la Cierva.
Javi Hispánico- Cantidad de envíos: 2115
Edad: 31
Registro: 11/08/2008
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